Así el nacionalismo vasco ha conseguido excluir en la práctica el castellano como lengua vehicular en las escuelas vascas e impuesto un modelo clasista que margina a las clases sociales humildes

Christian Tricio, un profesor de Lengua Española y Literatura en la Educación Secundaria del País Vasco, es el autor de un hilo de Twitter que esta teniendo mucha repercusión. Este explica como el nacionalismo vasco supuestamente "ha conseguido excluir en la práctica el castellano como lengua vehicular en las escuelas vascas e impuesto un modelo clasista que margina a las clases sociales humildes".


HILO:

Es un tema que da para largo ensayo y mucho trabajo de documentación. Sin embargo, en realidad ha sido un proceso tan simple y efectivo como evidente para los que lo hemos vivido.

En los años ochenta el euskera era una lengua marginal en las ciudades vascas. Estaba muy fragmentado y entre la población se daba la paradoja de que era lengua de identificación de muchos que no la hablaban.

En los ochenta el euskera no tenía el menor prestigio como lengua académica. Su reino era el folklore, el campo y por supuesto los sentimientos nacionalistas.

Cuando se implantaron los modelos lingüísticos A, B y D (la “c” se la saltaron por española), los padres matriculaban masivamente a sus hijos en el modelo A (castellano vehicular, euskera asignatura). Los otros modelos eran marginales.

Pero la implantación del euskera en la educación trajo consigo la presión euskaldunizadora sobre el profesorado. En sucesivas oposiciones, el euskera tuvo más y más importancia, hasta convertirse, en el contexto hípercompetitivo de una oposición, en un requisito sine quo non.

Eso en la pública. En la concertada sencillamente se fue contratando menos y menos profesores sin euskera, porque el que tenía título de euskera podía dar clase a todos los grupos, y el que no lo tenía, solo a algunos.

Se dieron, hay que decirlo, todas las facilidades para que el profesorado ya contratado aprendiera euskera: liberaciones de trabajo pagadas con largos cursos intensivos de euskera, larguísimos plazos para euskaldunizarse que, consumados, se prorrogaban...

Como resultado, los profesores viejos fueron estirando los plazos hasta jubilarse, y los jóvenes más tarde o más temprano tuvieron que pasar por el aro de la euskaldunización o marcharse a otra comunidad autónoma.

Hay quien dice que se marcharon los vagos que no querían hacer el esfuerzo de aprender euskera. Hay quien contesta que se fueron los profesores con un perfil más intelectual y menos sumiso a los caprichos del nacionalismo.

Muchos pensaron: “Estudio mi carrera de Matemáticas, o de Historia, compito en pública lid por un puesto de trabajo, ¿y ahora me exigen que aprenda una lengua inaccesible que no llega al millón de hablantes para enseñar a adolescentes que tampoco la hablan?” Y se marcharon.

Para los hablantes nativos de euskera fue una época de oportunidades. Terminaban una carrera universitaria y se colocaban fácilmente como funcionarios docentes. Pasaban, claro, por delante de todos los profesores castellanohablantes.

El caso es que los claustros de profesores se euskaldunizaron, y de paso también se abertzalizaron, se conformaron claustros nacionalistas vascos en todas las escuelas de Euskadi. Llevan más de 30 años haciéndolo.

Es obvio que no se seleccionó a los profesores por sus ideas políticas. En ninguna oposición preguntaron a los profesores por sus ideas. Claro que no. No hacía falta. Los gobiernos nacionalistas tenían un plan mucho más sutil, sencillo y efectivo.

Había en la Euskadi de los ochenta, como sigue habiendo hoy y a nadie se le escapa, una correspondencia estadística entre la lengua y la orientación política. El nacionalismo vasco era mucho más fuerte entre los vascohablantes nativos que entre los castellanohablantes.

Y los profesores vivían en el mundo. El profesor vascohablante promedio estaba más comprometido con la construcción nacional vasca que el profesor castellanohablante. Que hay y había de todo no lo discute nadie, pero esta correlación lengua-política es una realidad estadística.

Así que, como digo, los claustros de profesores se volvieron abertzales y hasta hispanófobos según dónde, a medida que se euskaldunizaban.

Ya tenemos una mayoría de profesores abertzales, o por lo menos mayor representación de estas ideas en los claustros que fuera de ellos. Ahora viene lo mejor: ¿Quién escogía el modelo lingüístico de los escolares? Sus padres. ¿Y quién asesoraba a los padres? LOS PROFESORES.

Eran los profesores y los tutores los que les decían a los padres: “Matricule a su hijo en el modelo B, que así aprenderá las dos lenguas, o en el D (solo euskera vehicular), que el castellano lo aprenderá en la calle y en la tele.”

A esto hay que sumar la intensísima e incansable campaña publicitaria del euskera desde todas las instituciones vascas.

Poco a poco la población vasca se convenció de que era mejor estudiar en euskera, así que el modelo A se fue abandonando.

Un último condicionante ha terminado por enterrar la educación en castellano en Euskadi: la marginalización. Mientras las clases medias vascas se volcaban en los modelos B y D, adivinen quiénes seguían matriculando a sus hijos en castellano. Las familias más desfavorecidas.

Las familias gitanas, las inmigrantes, las desestructuradas y las más pobres solían escoger el modelo A en parte porque no apostaban por el vasco, y en parte porque los profesores se lo recomendaban en atención a sus mayores dificultades para seguir una escolarización en euskera.

Fuera cual fuera su etnia u origen, si un alumno tenía especiales dificultades de aprendizaje, también se lo orientaba al modelo A. A los alumnos buenos, se los orientaba al modelo B.

Las clases medias empezaron entonces a matricular a sus hijos en modelo B “para que no estuvieran con esos otros niños”. El modelo A se convirtió en un gueto y la Administración educativa vasca miró para otro lado.

Por si fuera poco, aunque el modelo B se concibió como un 50% castellano y 50% euskera, los centros han tendido a incrementar la proporción de horas en euskera en este modelo, hasta el punto de que muchos alumnos de B tienen en castellano solo Lengua y Mates.

Que ya me dirán ustedes qué práctica del castellano escrito y culto se puede hacer en Mates. Así que leer y escribir en castellano, solo 4h a la semana en 1º y 2º de ESO, y 3h de ahí en adelante. Eso en el supuesto modelo 50-50.

Como resultado de todo esto, el modelo A no ha dejado de perder prestigio y público. A falta de demanda, los centros lo han ido suprimiendo, con el beneplácito de la Administración.

Y así hemos llegado a la situación actual: en Euskadi la educación en castellano es residual y marginal, y está desprestigiada. En la práctica las familias no pueden elegir modelo A, porque quedan muy pocos centros donde todavía exista, y donde lo hay no tiene muy buena pinta.