La responsabilidad francesa en el genocidio de Ruanda


El mayor genocidio que vivió Ruanda se desencadenaría el 6 de abril de 1994, cuando el avión que transportaba al presidente ruandés, miembro de la mayoría hutu, fue derribado. Todas las personas a bordo murieron. En pocas horas, extremistas hutus tomaron el poder y una ola de asesinatos se desató contra la minoría tutsi.

En 100 días murieron más de un millón de personas de la etnia tutsi, que desapareció en un 85 por ciento a manos de los hutus. Muchos hutus moderados también fueron asesinados, el conflicto étnico provocó, además, más de dos millones de refugiados según los datos oficiales. El 85 por ciento de la población, los hutus, agredió, torturó y aniquiló de manera sistemática al otro 15 por ciento tutsi con un objetivo claro: exterminarlos.  

Como escribiera Gerard Prunier, al principio «estos grupos no respondían en lo absoluto a la definición de ‘tribu’, o sea de micronación. En efecto, hablaban todos la misma lengua de origen bantú, vivían uno al lado del otro sin que se formara un ‘Hutuland’ o un ‘Tutsiland’ y los matrimonios mixtos eran frecuentes».

Pero, el etnicismo se convirtió para las potencias coloniales en una forma de garantizar su dominio sobre los pueblos que controlan. Creando distinciones entre Tutsis (15%) y Hutus (85%) y estableciendo oposiciones entre ellos, los alemanes, y después los belgas, decidieron promover en Ruanda «una raza de señores» y apoyarse en ella para mantener el control del país.

A la inversa, con la proximidad de la independencia, las potencias occidentales invirtieron sus alianzas. En el marco de una oposición étnica que crearon, no buscan ya en aquel entonces apoyarse en una minoría para controlar a la mayoría sino una mayoría capaz de ganar elecciones. Además, al final de su mandato, la Iglesia católica estimula a las autoridades coloniales a jugar la carta de los Hutus. La Iglesia católica trata de retomar el control de la Iglesia local cuyos clérigos indígenas, que formó esencialmente entre los Tutsis, se le van de las manos.

Por consiguiente, los belgas se apoyan a partir de entonces en el partido del Movimiento de la Emancipación Hutu de Gregoire Kayibanda, quien no es más que el secretario particular de monseñor Perraudin, el vicario apostólico suizo. En ese mismo año, 1959, tienen lugar las primeras masacres de Tutsis. El 28 de enero de 1961, el país alcanza la "independencia". Todas las funciones ejecutivas son puestas en manos de los Hutus. Las bases de las tensiones étnicas ya están creadas en el aquel momento.

Los miembros de la minoría tutsi, excluida del poder, abandonan el país cuando se ven posibilitados de hacerlo, sobre todo porque los abusos que cometen las milicias hutus van en aumento. Los exiliados se reúnen en Burundi o Uganda. A veces emprenden desde allí incursiones en territorio ruandés, dando lugar a acciones de represalia más violentas aún de parte del régimen de Kigali contra los Tutsis que quedan en Ruanda. En ese mismo momento, Francia toma el lugar de Bélgica, no sólo en Ruanda, sino en toda la región. Los franceses se presentan como defensores de la «democracia étnica» o sea, siendo los Hutus la etnia más numerosa, es lógico que ocupen el poder. Ya en 1962, París firma un acuerdo de cooperación civil con ellos.

En 1974, Francia firma un acuerdo general de cooperación técnico-militar con Zaire, firma después otro con Burundi y finalmente un tercero con Ruanda al cabo de un safari memorable durante el cual Valery Giscard d’Estaing (expresidente francés) sale de cacería con Juvenal Habyarimana, el dictador ruandés. Francia se encarga además de proveer una ayuda en armas que alcanza 4 millones de francos al año.

Con el tiempo, el régimen de Habyarimana se hace cada vez más racista y totalitario. A partir de 1978, la nueva Constitución establece una clasificación étnica incluida en los documentos de identidad mientras que todos los ruandeses son inscritos, desde el momento de su nacimiento, como miembros del único partido. El régimen empezó entonces a obligar a toda la población a hacer jornadas de trabajo siguiendo un principio que la Organización Internacional del Trabajo calificó de «trabajos forzados».

Francia no reaccionó ante esta situación. En 1983, cuando Therese Pujolle, jefa de la misión de cooperación civil en Kigali desde 1981, testimonia sobre las violaciones de los derechos humanos que comete el régimen, sus superiores le advierten secamente: «Los derechos humanos no son asunto suyo. Trabaje en el desarrollo».

Las relaciones entre ambos países se ven marcadas por los lazos personales que unen a sus dirigentes. Jean-Christophe Mitterrand, el propio hijo del presidente francés, es muy amigo de Jean-Pierre Habyarimana, el hijo del presidente ruandés. Durante una miniofensiva del Frente Patriótico Ruandés (FPR), organización armada de exiliados tutsis, Francia desencadena la Operación Noroit y envía al frente 150 hombres del 2do Regimiento Extranjero de Paracaidistas (2do REP) estacionado en la República Centroafricana.

Durante la noche del 4 al 5 de octubre de 1990, el régimen organiza un simulacro de ataque contra Kigali con la complicidad de los militares franceses. Atribuye la responsabilidad al FPR, decreta el estado de sitio e instaura un toque de queda total. De paso, los principales opositores políticos, lo mismo hutus que tutsis, son acusados de complicidad con el FPR y se les arresta. Además, para eliminar el apoyo popular al FPR, 10.000 tutsis son arrestados. La población civil tutsi del Mutara sufre una ola de matanzas. Al final, las tropas franco-ruandesas logran rechazar al FPR hacia Uganda.

A fines de los 90, Francia concede un préstamo de 84 millones de dólares «para el desarrollo» y, más tarde, un segundo préstamo, mediante la Caja Central de Cooperación Económica, de 49 millones «para la realización de diferentes proyectos». Ambos servirán realmente al gobierno de Ruanda para la compra de nuevas armas.

De 1990 a 1993, las entregas de armas serán de 86 millones de dólares al año, mediante el fabricante de armas sudafricano Armscor. Sin embargo, las masacres de tutsis continúan, de forma esporádica, incluso a pesar de la apertura de las negociaciones con el FPR, que habían comenzado a principios de 1992.

En julio, el gobierno ruandés y el FPR firman un acuerdo de cese al fuego en Arusha, Tanzania. De agosto a diciembre se desarrollan sin embargo nuevas masacres de Tutsis y de opositores hutus, sobre todo por parte del movimiento de la juventud del partido gubernamental. En noviembre, el presidente Habyarimana rompe el «papelucho» de los primeros acuerdos de Arusha durante un discurso ante el partido único. Todo esto lo saben tanto los servicios franceses de inteligencia, como los jefes militares franceses que se encuentra en Ruanda y, por consiguiente, aquellos que toman las decisiones en París.

En octubre, el senador belga Kuypers denuncia el papel de los escuadrones de la muerte y la política racista del régimen de Habyarimana. Sin embargo, en 1993 Francia enviará de nuevo sus tropas junto al ejército ruandés ante una ofensiva del FPR. En febrero, el capitán Paul Barril, ex responsable de la célula antiterrorista de la presidencia francesa se implica, a pedido del ministro ruandés de Defensa, en una misión clasificada con el nombre de «Operación Insecticida».

Varios elementos prueban la presencia de instructores franceses encargados de adiestrar a los oficiales más radicales del ejército ruandés, que serán más tarde el núcleo del aparato genocida. Está, primeramente, el testimonio de Janvier Africa, ex miembro de los escuadrones de la muerte, la «Red Janvier». El 30 de junio de 1994, éste declara al periodista sudafricano Mark Huband, del Weekly Mail and Guardian de Johannesburgo, que él mismo fue adiestrado por instructores franceses: «Los militares franceses nos enseñaron a capturar a nuestras víctimas y a amarrarlas. Eso era en una base en el centro de Kigali. Allí era donde se torturaba y era también allí donde la autoridad militar francesa tenía su sede. [...] En ese campamento vi a los franceses enseñar a los Interahamwe a lanzar cuchillos y a reunir fusiles. Fueron los franceses quienes nos enseñaron -un comandante francés- durante varias semanas seguidas, en total 4 meses de entrenamiento entre febrero de 1991 y enero de 1992».

En marzo de 1993, tiene lugar una investigación internacional sobre las masacres de Tutsis en Ruanda. Un miembro de esa comisión, Jean Carbonate, afirma haber visto instructores franceses en el campamento de Bigogwe, donde «llegaban camiones repletos de civiles. Estos eran torturados y asesinados». Estos informes serán confirmados más tarde por la Misión parlamentaria de Información. La cooperación entre ambos países llega incluso más lejos. En febrero de 1992, el ministerio francés de Relaciones Exteriores envía a la embajada de Francia en Kigali una nota según la cual «el teniente coronel Chollet, jefe del DAMI, ejercerá simultáneamente las funciones de consejero del Presidente de la República, jefe supremo de las Fuerzas Armadas ruandesas, y las funciones de consejero del jefe del estado mayor del ejército ruandés».

El responsable de las fuerzas francesas desplegadas en Ruanda se convierte así en comandante del ejército ruandés. La responsabilidad de Francia es por consiguiente mucho más grande de lo que se dice oficialmente. En el momento del desencadenamiento del genocidio que siguió al atentado contra el avión presidencial de Juvenal Habyarimana, Francia tiene en Ruanda once militares miembros del Departamento de Asistencia Militar a la Instrucción (DAMI), que prestan servicio como civiles, aunque se suponía que habían salido oficialmente de Ruanda en diciembre de 1993.

El capitán Paul Barril, quien dependía de los servicios de inteligencia, también se encontraba en Ruanda. En un intento de parar el genocidio, el Frente Patriótico Ruandés (FPR) atacó al ejército regular (FAR) y ganó algunas batallas. La actitud de las autoridades francesas demostró una precipitación cercana al pánico. La embajada de Francia destruyó todos sus archivos por orden del embajador Jean-Michel Marlaud. Al mismo tiempo, los ciudadanos franceses y los principales pilares hutus de la ideología del genocidio fueron enviados al extranjero pasando por Bangui, la capital de la República Centroafricana. Entre ellos se encontraba la esposa del presidente asesinado, Agathe Habyarimana, sus hermanos Seraphin Rwabukumba y Protais Zigiranyirazo, y el ideólogo Ferdinand Nahimana.

Contrariamente a lo que afirma hoy la diplomacia francesa, las entregas de armas continuaron. Los responsables franceses recibieron varias veces en París al gobierno interino, que se componía de los elementos más extremistas de la vieja guardia del presidente Habyarimana. El 9 de mayo, el teniente coronel Ephrem Rwanbalinda, consejero del jefe del estado mayor del ejército ruandés, fue recibido en la Misión Militar de Cooperación por el general Jean-Pierre Huchon. Según este último, «hay que presentar sin retraso todos los elementos que prueban la legitimidad de la guerra que libra Ruanda, para poner a la opinión internacional a favor de Ruanda y poder retomar la cooperación bilateral. Mientras tanto, la Misión Militar de Cooperación prepara las acciones de socorro necesarias a nuestro favor».

Ante la sorprendente envergadura de los éxitos militares del Frente Patriótico Ruandés, Francia decidió intervenir públicamente, oficialmente «por razones humanitarias». Se trataba de la Operación Turquoise. Las palabras del presidente François Mitterrand fueron claras cuando declaró, el 18 de junio, que «a partir de ahora es cuestión de horas y de días. (...) Repito, cada hora cuenta».

Sin embargo, el genocidio había empezado 2 meses antes, lo cual implica que la urgencia no se debía al genocidio. En cambio, las fuerzas del FPR estaban cerca de la victoria final y Francia debía impedirla a toda costa. Después de 2 meses de inacción, Francia despliega en 9 días varios cientos de hombres, miembros de tropas de elite y fuertemente armados, a 7.000 kilómetros de su suelo. En Ruanda, estos hombres crearon la Zona Humanitaria Segura (ZHS) que permitiría a los principales responsables del genocidio escapar hacia Zaire. El primer ministro de Francia en aquel entonces, Édouard Balladur, se dirigió al Presidente de la República, François Mitterrand, en una carta fechada el 21 de junio de 1994 y señaló que, para tener éxito, la Operación Turquoise debía «limitar las operaciones a acciones humanitarias y no dejarse llevar a lo que se consideraría como una expedición colonial en pleno corazón del territorio de Ruanda».

En un correo del 9 de junio, Balladur precisaría el carácter de su divergencia con el Jefe del Estado: «Para el presidente Mitterrand no se trataba de castigar a los autores hutus del genocidio, y no se trataba para mí de permitir que estos pudieran ponerse a salvo en Zaire». Una intervención francesa en Kigali fue anulada en el último instante. La capital cayó en manos del FPR el 4 de julio. Agitados debates tuvieron lugar entonces en el seno de la administración francesa para delimitar la ZHS. Si sus límites son amplios, el Gobierno Hutu podría refugiarse en ella y reponerse allí antes de pasar de nuevo a la ofensiva. Si es reducida, no habrá esperanzas de revancha. La segunda solución se impone. Los responsables del genocidio abandonan entonces la partida y huyen a Zaire. En los puntos de control, los fugitivos son objeto de una nueva selección: se aparta a los Tutsis y solamente los Hutus son autorizados a continuar su camino. Se improvisan albergues al borde del camino para que los exiliados puedan pasar la noche en ellos.

Varios millones de Hutus llegan así a los campamentos de refugiados de Goma, donde los genocidas imponen su ley. Los verdugos se han convertido en víctimas, su sangriento crimen ha sido lavado con la sangre de sus propios hermanos. La implicación francesa en esas masacres. Esta idea obsesionaría al periodista Patrick de Saint-Exupery desde su regreso de Ruanda. Trataba de comprender qué intereses tenía Francia que defender al extremo de proteger y hasta entregar armas a los genocidas.

En un salón, Hubert Védrine, Secretario General de la Presidencia de la República con François Mitterrand, le explicó la fría visión francesa del asunto: «al asumir mis funciones, me cuestioné la presencia francesa en Ruanda. Se me explicó que Burundi y Ruanda se habían unido a la ‘familia’ franco-africana. No se les podía dejar abandonados».

En nuestros días, los «revisionistas» del genocidio ruandés prefieren ver esa carnicería que dejó más de 800.000 muertos como una serie de masacres interétnicas "espontáneas". Sin embargo, interrogado sobre la cuestión por el Tribunal Penal Internacional, el jefe de los cascos azules presentes en Ruanda durante aquel período, el general canadiense Romeo Dallaire, respondió de forma extremadamente clara: «Matar un millón de personas y ser capaz de desplazar a 3 o 4 millones en 3 meses y medio, sin toda la tecnología que se ha visto en otros países, representa una misión significativa. Eso exige datos, órdenes o al menos algún tipo de coordinación. Tenía que haber una metodología».

Una metodología militar. En su búsqueda de la verdad, Saint-Exupery se reunió con un suboficial francés. Este le habló de las «guerras sucias» del ejército francés, y mencionó, con medias palabras, «el TTA 117, aquel reglamento interarmas que se forjó a finales de los años 1950 para la guerra de Argelia y que aún hoy permanece accesible en los archivos únicamente para quien tenga una autorización. Sin que la palabra ‘tortura’ sea mencionada ni una sola vez, ese reglamento condujo a su uso. Un círculo restringido de oficiales de la colonial lo utiliza aún como base de inspiración».

Un ex alto responsable militar confirmó también al periodista la presencia de agentes clandestinos, «contratados». Según él, «muy rápidamente, el escenario ruandés se vio invadido por los ‘mercenarios’. Las estructuras oficiales no controlaban nada ya».