La defensa indígena de la América española


Se ha levantado un mito respecto a las Guerras de Independencia de Hispanoamérica, donde Bolívar y los "patriotas" son vistos como caudillos populares frente a reaccionarios.

La realidad es que Bolívar, descendía de una de las familias más antiguas de Caracas ligada a la aristocracia criolla del cacao. A los 21 años ya había hecho tumultuosa y desaforada vida cortesana en Madrid junto con los marqueses del cacao y había viajado por Europa con gran lujo. Se relacionaba socialmente con la aristocracia a la que pertenecía.

Obviamente, el mundo llanero, población con la que vivían los últimos caudillos indígenas defensores de un Imperio que se desmoronaba, le traía sin cuidado.


Primero se debe distinguir entre las guarniciones atrincheradas en fortalezas (con una considerable población civil dentro) y provincias donde la mayoría de la población era realista. En la primera categoría entran Montevideo, Valdivia, Cumaná, Cartagena de Indias o Callao. En la segunda están Coro, Chiloé, La Frontera, Pasto, La Guajira y Huanta.

Las guerrillas fueron agrupaciones organizadas de forma «permanente» para la guerra irregular. Al contrario, las «montoneras» se reunían «espontáneamente» que tras el final del alzamiento abandonaban la lucha.

Respecto de las guerrillas, primero estaban las que se componían de habitantes autóctonos del área donde actuaban. Muy numerosas y formadas principalmente por campesinos indígenas cuyas poblaciones integradas dentro de los territorios virreinales, como los pastusos de Nueva Granada, o que estaban en la periferia imperial, como los casos de los araucanos en La Frontera y los wayús en La Guajira.

En segundo lugar estaban algunas formaciones guerrilleras cuyo origen eran agrupaciones militares vencidas que se dispersaron y negaron a rendirse. Todas las guerrillas se ubicaron en América del Sur. No surgieron donde el ejército regular se impuso en el territorio, como en América del Norte; debido al carácter social de la revolución de Hidalgo y Morelos, la insurgencia mexicana era reprimida por las tropas de línea realistas.

En la región de San Juan de Pasto y Patía, en 1822, el fidelismo a España llevó al campesinado indígena local a alzarse en armas dos veces entre ese año y 1824 bajo el caudillaje del mítico Agustín Agualongo.

En la costa caribeña, entre La Guajira y la Ciénaga Grande, después de su sometimiento a finales de 1820, nacieron pequeñas partidas que permanecieron activas hasta noviembre del año siguiente. El movimiento se reactivó en octubre de 1822, tras la llegada de las tropas de Morales a la vecina Maracaibo. Lo comandaban indígenas como Jacinto Bustamante y Miguel Gómez o el peninsular Francisco Labarcés. En enero de 1823 alcanzó su cenit, cuando los indígenas consiguieron apoderarse de Santa Marta. La respuesta colombiana fue rápida y para marzo estaban derrotados.

En el Perú, las partidas irregulares de Ica, Huamanga y Huancavelica nacieron con el repliegue del ejército de La Serna a su bastión del Cuzco. Dos años después, en 1823, las victorias españolas dieron tan prestigio a sus armas que se les sumaron los habitantes de Tarma, Huancavelica, Acobamba, Palcamayo, Chupaca, Sicaya y otras ciudades y villas de la sierra central.

Después de la capitulación de Ayacucho, estalló la Rebelión de Iquicha, que afecto el partido de Huanta, en la intendencia de Huamanga, entre 1825 y 1828. Su fracaso en tomar grandes centros urbanos le impidió pasar de una revuelta campesina regional.​

En Venezuela, tras la proclamación de la independencia, se alzaron guerrillas en Siquisique, en 1812. Los caquetíos, leales a España, tras la guerra fueron exterminados. Después de su derrota en Carabobo, los realistas sobrevivientes se refugiaron en Puerto Cabello y liderados por el mariscal Morales continuaron la lucha. La mayoría no eran soldados españoles de la expedición de Morillo, sino milicianos locales. Al capitular en Maracaibo, en agosto de 1823, guerrillas continuaron activas en los valles del Tuy, Aragua y Tamanaco.

En los Llanos, desde 1812 surgieron pequeñas partidas al mando de Eusebio Antoñanzas y Antonio Zuazola que contribuyeron en la caída de la Primera República. Después de la Campaña Admirable volvieron a surgir con mayor virulencia, en Apure y Barinas bajo la dirección de José Antonio Yáñez y Sebastián de la Calzada, movilizando hasta 3.000 jinetes; pero el movimiento más importante nació alrededor de Calabozo, una guerrilla que pasó a formar un ejército semirregular dirigido por José Tomás Boves y Francisco Tomás Morales, que se apoderó de la cuenca del Orinoco y acabo con la Segunda República con poca ayuda de otros realistas venezolanos y antes de la llegada de la expedición de Morillo.

Según algunos autores, estas huestes no eran «ejércitos propiamente realistas» sino grupos de milicianos que defendían su autonomía, pertenencia a España e intereses al mando de un caudillo.

En Chiloé no se presentaron guerrillas, pero la mayoría de la población fue fielmente leal a España y capaz hacerle frente al gobierno de Santiago con escasos recursos.​ El gobernador, brigadier Antonio de Quintanilla, resistió exitosamente gracias a la condición insular de su provincia hasta 1826, dedicándose fortificar su isla​ y enviar refuerzos a Perú y La Frontera​ y corsarios por el Pacífico Sur. Fuentes decimonónicas hablan de cinco mil combatientes bajo su mando, tres mil de ellos milicianos locales.

En La Frontera, el comandante en jefe Vicente Benavides, los coroneles Juan Manuel Picó y Miguel de Senosiaín, el sacerdote Juan Antonio Ferrebú y los cabecillas Vicente Bocardo, José María Zapata y los hermanos Pincheira fundaron poderosas guerrillas en alianza con las tribus wenteches (arribanos), pehuenches y vorogas, en lo que se llamaría guerra a muerte. En su momento de mayor fuerza, en 1820, dominaban todo el campo de la intendencia de Concepción. Las partidas fueron unificadas por Benavides hasta formar un «ejército semirregular». Para 1824, estaban todos muertos.

En un parlamento en Concepción, en octubre de 1811, muchos de los caciques mapuches se comprometieron a defender a las autoridades españolas, llegando a ofrecer hasta 10.000 lanzas si era necesario. Para ese año los jefes y soldados realistas sobrevivientes, que se encontraban refugiados junto a los araucanos, habían dejado de ser consideradas tropas que peleaban por la causa española para ser tildados de "bandoleros armados".

Se puede afirmar sin asombro de duda que personas como Boves o Agualongo fueron los verdaderos representantes del pueblo llano de América. Y no los “libertadores”, oligarcas, terratenientes y mercenarios extranjeros. Hora es de poner a cada cual en su lugar.

Muchos criticaban al Libertador Bolívar cuando dispersó sus fuerzas para combatir a Boves. Lo cierto es que había una razón detrás: la posición de Bolívar dependía del apoyo de sus oficiales y soldados ya que el grueso del pueblo seguía siendo realista, debido a ello debía dejar satisfechos a sus lugartenientes dándoles mandos independientes.

La proyectada «guerra continental contra España» es una invención, en esos momentos la mayoría de los americanos eran realistas y siempre la mayoría de los realistas fueron americanos.