¿Fue eficaz la 'Revolución Española'?


El fracasado golpe de estado del 36 desembocó en un proceso revolucionario liderado por la CNT-FAI y el ala «caballerista» del PSOE y UGT.

El 18 de julio colapsa el Estado republicano (se suceden cuatro gobiernos en un solo día) y da lugar a que las estructuras coercitivas del Estado se disuelvan o paralicen allí donde los golpistas no se hacen con el poder. Para entonces, la CNT cuenta con aproximadamente 1.577.000 militantes y la UGT con 1.447.000 militantes. El 19 de julio la sublevación llega a Cataluña, donde los obreros tomando las armas asaltan los cuarteles, levantando barricadas y frenando a los insurrectos.

CNT y UGT convocan una huelga general del 19 al 23 de julio como respuesta tanto a la sublevación militar como a la aparente indiferencia del Estado frente al mismo. Es durante la Huelga General cuando grupos de sindicalistas vinculados a los sindicatos convocantes y a grupos menores, asaltan muchos de los depósitos de armas de las fuerzas del orden, independientemente de que estén sublevados contra el Gobierno o no.

Durante esta primera fase la mayor parte de la economía española fue puesta bajo el control de los trabajadores organizados por los sindicatos; principalmente en áreas anarquistas como Cataluña, este fenómeno llegó al 75% del total de la industria.

A pesar de las dificultades tan serias a que tuvieron que enfrentarse las colectividades, su eficacia fue indiscutible.

Recordemos, para empezar, que los militares se rebelaron a mediados de julio, cuando la mayoría de la cosecha de cereales, producto mayoritario en el campo español, estaba aún sin recolectar (excepto en el Sur), por lo que la colectivización significó, ya de entrada, una recolección eficaz y de gran utilidad en aquellos momentos. Recordemos también que la mayoría de los pueblos colectivizados, excepto en Levante, eran casi exclusivamente agrícolas y muy pobres, con un terrero poco fértil: casi todo secano, con mucho monte, donde se daba, y poco, cereal, aceite, algo de viñedo, y poco más. Y recordemos, finalmente, que, en casi toda la España rural, pero más en el Sur, los jornaleros sólo trabajaban algunos meses al año, y por tanto sólo cobraban su jornal esos meses. El resto del año les tocaba pasar hambre.

En cambio, en las colectividades trabajaban y cobraban su jornal todos los meses, con lo que ellos y sus hijos podían comer todo el año, lo que entonces era un lujo para cientos de miles.

La colectivización fue eficaz económicamente, y lo fue mucho más si tenemos en cuenta los derechos sociales y laborales que implementaron, que no existían en absoluto en la España en aquella época (seguro de enfermedad y de jubilación, prohibición del trabajo para los menores de 14 o incluso 16 años, así como para los mayores de 65 y para las mujeres embarazadas, educación y sanidad gratuitas, etc).

Como señala Heleno Saña (2010, p. 132): "Aparte de eliminar las jerarquías en la política salarial y de humanizarla, se creó también un sistema social, inexistente hasta entonces, que incluía prestaciones sociales para ancianos, inválidos y enfermos, así como para los hijos de los trabajadores. Además, la semana laboral se redujo a 40 horas, eliminándose a la vez los despidos al estilo tradicional".

Su eficacia productiva, tenemos que decir, sin paliativo alguno, que sí fue exitosa, tanto la agrícola como la industrial. Lo reconocen Pierre Broué y Emile Témime (1968, p. 206), autores muy críticos con otros aspectos 'libertarios': “En muchas empresas dirigidas ahora por los propios trabajadores, guiados, por así decirlo, por su propio interés, se tomaron medidas de mecanización y racionalización que aportaron un notable incremento productivo”.

Eficacia de la colectivización:

1) En la industria: lo primero que debe subrayarse es la creación en Cataluña de una industria de guerra que hasta entonces no existía ni en embrión. De hecho, hasta entonces sólo se producía pólvora para escopetas de caza. La rápida adaptación de la industria metalúrgica y química a la producción de munición y armamento fue lo que permitió librar la guerra contra los sublevados, mientras que las armas rusas —tan elogiadas— eran a menudo anticuada e inservibles, de forma que Franz Mintz puede afir- mar que “toda la industria de guerra descansó en las fábricas colectivizadas” (1969/1977, p. 347). El propio Hugh Thomas (1973), autor que simpatizó muy poco con los anarquistas, reconoce que durante los primeros meses de la colectivización la producción en las empresas más importantes para la guerra aumentó entre un 30% y un 40%.

2) En la agricultura: también aquí se obtuvieron grandes éxitos, en especial en Aragón, y también en Cataluña donde después de un año de revolución se cultivaba un 40% más de tierras que hasta entonces. Además, como subraya Saña (2010, p.158), los laboratorios de experimentación e investigación de la Federación de campesinos de la región del centro eran muy superiores a los del ministerio de Agricultura, hasta el punto de que el Gobierno central solía consultar a los agrónomos de las empresas colectivas cuando se encontraba con algún problema. La reforma agraria, prometida una y otra vez y nunca realizada plenamente, se hizo realidad desde el momento en que la iniciativa pasó a manos de los propios campesinos, a menudo en contra de las autoridades.

3) En los servicios: en este sector hay que destacar principalmente los resultados obtenidos por las empresas de transporte público de Barcelona. Así, sólo cinco días después del golpe de Estado y sólo dos días de que los militares rebeldes fueran derrotados, ya circulaban 700 tranvías, cien más que antes del golpe. Como nos recuerda Saña (2010), antes de la guerra, la Compañía General de Tranvías pertenecía mayoritariamente a accionistas belgas y el servicio era malo, los precios altos y los dividendos elevados. Pues bien, los trabajadores, organizados colectivamente, pusieron fin a tal situación, reduciendo los precios a la mitad y mejorando las líneas, de forma que, si antes de la guerra la empresa sólo fabricaba el 2% de su equipamiento, en el verano de 1938 tal porcentaje había subido al 98%, construyendo incluso sus propios tranvías, que pesaban menos que los existentes y podían transportar a un número de pasajeros mayor que antes. De esta manera, a pesar de que las tarifas eran más baratas, los ingresos aumentaron entre un 15% y un 20%.

A diferencia de otras revoluciones, en la España republicana la economía volvió a funcionar plenamente después de la sublevación, tanto en el sector privado como en el público: suministro de gas, agua y electricidad, alimentación, comercio, transporte, etc. Lo mismo puede decirse de la agricultura y la vida rural. (Saña, 2010, pág. 162).

Y es que, en esas nuevas condiciones históricas y sociales, de no haberse nacionalizado las grandes tierras de los terratenientes, probablemente los jornaleros no hubieran tenido los suficientes alicientes para seguir trabajando y, en todo caso, su motivación laboral se hubiera reducido drásticamente, con las consecuencias que ello tiene (absentismo, bajo rendimiento, etc). Por consiguiente, Saña puede concluir que “en ningún período de la historia social hubo un movimiento que en un tiempo tan breve y en condiciones tan difíciles lograra tanto como la revolución en España” (2010, p. 120).

Lo mismo dice Horst Stowasser (1995, p. 306): "Para sorpresa de muchos economistas y teorizadores, no estalló el caos; por el contrario, la autogestión demostró en todo momento su capacidad de funcionamiento y rendimiento [...] A pesar de tener que enfrentarse ‘adicional- mente’ al grandísimo desafío de librar una guerra, se logró mejorar todas las condiciones de trabajo e incrementar al mismo tiempo la producción".

Las áreas rurales expropiadas durante la revolución son del 70% en Cataluña, cerca del 70% en el Aragón reconquistado, el 91% de la Extremadura que quedaba en la República, el 58% en Castilla-La Mancha, el 53% en la Andalucía no sometida a los militares insurrectos, el 25% para Madrid, el 24% para Murcia y el 13% en la actual Comunidad Valenciana. Las provincias donde adquirieron mayor importancia las colectividades rurales, fueron las de Ciudad Real -donde estaban colectivizadas en 1938, 1.002.615 has, el 98,9% de la superficie cultivada en 1935- y Jaén -con 685.000 has y el 76,3%-, quedando a mucha distancia el resto de las provincias republicanas.

En lo político la cosa se empezó a torcer cuando la CNT suprimió la Policía (más del 50% de los Guardias Civiles habían permanecido leales a la República) y liberó a los presos, siendo algunas prisiones derribadas. Si bien se liberó a presos políticos, también había delincuentes en ellas. Delincuentes libres y supresión de la policía no sería una buena combinación.

Cuando la guerra se empieza a prolongar, el espíritu de los primeros días de revolución afloja y comienza la fricción entre los muy diversos integrantes del Frente Popular, en parte debida a las políticas del PCE.

El PCE defendía la idea de que la Guerra Civil en desarrollo hacía necesario posponer la revolución social en curso hasta que se ganase la guerra. La CNT estaban en desacuerdo con esta opinión, al entender que la guerra y la revolución eran lo mismo en el contexto español, una prolongación la una de la otra.

Se puede decir que la Revolución Social fue un experimento interesante que tuvo sus logros pero resultó perjudicial para el desarrollo de la guerra.