La lealtad olvidada: Agustín Agualongo


El 25 de agosto de 1780, en una familia humilde de la ciudad de Pasto, nacía Agustín Agualongo.

Poco se sabe de su vida antes de su incorporación a la carrera militar, pero la mayoría de cronistas coinciden en señalar en que además de leer y escribir aprendió el arte de la pintura al óleo, en la escuela de artes y oficios; y trabajó en un taller de San Juan de Pasto.

Contrajo matrimonio con Jesús Guerrero, el 28 de enero de 1801, de la cual años más tarde se divorció. De esa unión quedó una hija, María Jacinta Agualongo. Seguramente fue su vocación guerrillera el motivo por el cual las dejó.

A comienzos de la centuria la población de la comarca pastusa era profundamente realista y, en sus manos, estaba la estratégica zona fronteriza entre las Provincias Unidas de la Nueva Granada y después la República de la Gran Colombia, y el virreinato del Perú.

El 7 de marzo de 1811, Agualongo se presentó voluntariamente para formar parte del contingente reclutado por el Cabildo de su ciudad, con el fin de defender al gobierno español, a quien Agualongo consideraba «amenazado» por la Junta de Gobierno de Quito. Desde entonces formó parte de todos los ejércitos realistas que desde el sur del Virreinato de la Nueva Granada defendieron el Imperio.

Agualongo fue guardia de confianza del Virrey Sámano y testigo de como éste desertaba. La élite pastusa en 1822 capitulaba y entregó la región a Bolívar, la masa popular no hizo lo mismo que sus élites por considerarlo una traición.

El indomable Agualongo siendo prisionero en el fuerte del Panecillo en Quito (tras una derrota realista) logró fugarse con el coronel Benito Remigio Boves, y juntos levantaron la insurrección de Pasto a finales de 1822.

La primera rebelión contra Bolívar se inició el 22 de octubre de 1822, bajo las órdenes del coronel español Boves, sobrino del caudillo antes mencionado. El 28 de octubre Boves tomaba San Juan y se proclama «Comandante General de las Milicias de España», Agustín Agualongo queda como segundo jefe. Nacía un «contra-estado realista», movimiento con «algo de reivindicación política, social y popular».

Durante esos años, los rebeldes de Pasto y Patía se harán también con el litoral del Pacífico de la zona por su alianza con los esclavos rebeldes de Buenaventura y Barbacoas. El proto-estado que pretendía representar al Imperio Español y reunió miles de milicianos indígenas, desató la ira de los independentistas.

"Los pastusos deben ser aniquilados, y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país una colonia militar. De otro modo, Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto o embarazo, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos, aunque demasiados merecidos" (Carta de Simón Bolívar a Francisco de Paula Santander, Potosí, 21 de octubre de 1825).

El general Bartolomé Salom fue enviado a someter a los rebeldes, pero según él mismo reconoció, sus castigos (incluida la deportación de millares de locales) solo endurecieron a los pastusos, que apoyaron unánimemente a Agualongo. A finales de enero la «despótica dictadura de Salom» había robado a los pastusos 11.620 pesos, 1.500 a 2.000 caballos y 3.000 cabezas de ganado.

El 18 de agosto, cuando menos lo esperaban, Agualongo penetró con tres mil hombres a su mando al pueblo de Anganoy y cuando Salom lo supo escapó.

El general Flores le siguió a los pocos días. En esta ocasión, Agualongo alcanzó al general independentista Pedro Alcántara Herrán y este, de rodillas y con las manos juntas, le imploró que no lo matara, pues había sido su antiguo compañero de armas. El coronel le contestó con desprecio: «Yo no mato rendidos».

Tras el combate en Barbacoas, el coronel Mosquera salió en su persecución, ejecutando a todos los habitantes de los pueblos que encontraba, acusándolos de traición por su lealtad al caudillo. Sin embargo, no fue él quien puso fin a la carrera militar del pastuso.

Obando había recibido poco antes la orden del intendente de marchar al sur a capturar a Agualongo. El viejo compañero de armas del caudillo había visto su oportunidad de ganar prestigio militar. Llevó al capitán Manuel María Córdoba -otro ex oficial realista- y 200 hombres bien armados al encuentro. El día 24 de junio Agualongo llegó a la localidad del Castigo y en la jornada siguiente apareció Obando. ​Finalmente, Agualongo fue traicionado y capturado por el antiguo militar realista José María Obando, que le había prometido apoyo para su lucha.

Fue llevado a Popayán y ahí alguien de la muchedumbre preguntó "¿Es aquel hombre tan bajito y tan feo el que nos ha mantenido en alarma durante tanto tiempo?". Agualongo respondió: "Dentro de este cuerpo tan pequeño se alberga el corazón de un gigante".

Los coroneles Joaquín Enríquez y Francisco Terán decidieron quedarse con Agualongo, sabiendo que con esa decisión les esperaba el mismo destino que al caudillo.

Se le ofreció a Agualongo respetarle la vida a condición de que jurara fidelidad a la Constitución de la República de Colombia. Su respuesta fue un tajante "¡Nunca!". Entonces fue juzgado y condenado a morir por fusilamiento.

Al ser condenado a muerte, pidió y se le concedió la gracia de vestir uniforme de coronel español: "Quiero morir cara al sol, mirando a la muerte de frente, soy hijo de mi estirpe, quiero morir con mi uniforme, no me venden los ojos, quiero morir de frente".

El 13 de julio de 1824, ante el pelotón de fusilamiento exclamo que: "Si tuviese veinte vidas, estaría dispuesto a inmolarlas por la religión católica y por España".

Sus últimos momentos fueron de gran valor, como había sido su vida militar bravía, valerosa y constante, se enfrentó serenamente al pelotón y gritó antes de ser fusilado: "¡Viva España!".

Agualongo murió sin saber que Fernando VII había emitido una cédula real en la que le confería el grado de General de Brigada de los Ejércitos de España, siendo el primer indígena que ocupaba este cargo.

Agualongo fue "ídolo de un pueblo aguerrido y exaltado, es hoy símbolo de esperanza de un pueblo defraudado". Su vida se puede resumir bajo la consigna que clamó: "Aut vincere aut mori" (Ganar o Morir). A día de hoy permanece olvidado en América y España.