Carlos II, «ni tan hechizado ni tan decadente»


Un día como hoy (1 de noviembre) de 1.700 murió el último de los Austrias españoles: Carlos II.

Hijo y heredero de Felipe IV y de Mariana de Austria, permaneció bajo la regencia de su madre hasta que alcanzó la mayoría de edad en 1675. Aunque su sobrenombre le venía de la atribución de su lamentable estado físico a la brujería e influencias diabólicas, es probable que los sucesivos matrimonios consanguíneos de la familia real ocasionaron que el heredero padeciera del síndrome de Klinefelter, con síntomas como musculatura débil e infertilidad, lo que acarreó un grave conflicto sucesorio.

Al último Austria se le ha atribuido el inicio de la decadencia española, pero la historiografía del siglo XXI ha cuestionado la mala reputación del monarca, quien junto a sus hombres, logró mantener intacto el imperio frente al poderío francés de Luis XIV, consiguió una de las mayores deflaciones de la historia, el aumento del poder adquisitivo en el Imperio, la recuperación de las arcas públicas, el fin del hambre y la paz.

La debilidad manifiesta de Carlos II hizo que nunca se le educara para gobernar, pues se pensaba que moriría muy pronto. Tan sólo se le educó en el apartado religioso para que su previsible cercana muerte lo cogiera en paz. Pero contra todo pronóstico vivió mucho más de lo que esa enfermedad le habría dejado a cualquiera en esa época, pues alcanzó los 38 años.

Plenamente consciente de su incapacidad para asumir las funciones de gobierno, el monarca tuvo el buen criterio de poner al frente de los cargos más importantes a personas bien preparadas y no a nobles por el mero hecho de serlo.

Su reinado en lo económico alivió la presión sobre sus súbditos, permitiendo el superávit y acabando con las sucesivas bancarrotas en las que incurrieron su padre, su abuelo y hasta su bisabuelo. Además de posibilitar la llegada de fondos que sorprendieron gratamente a su sucesor años después.


En resumen: el reinado de Carlos II no fue tan desastroso como se ha pintado y, a pesar de todas las adversidades, logró mantener la integridad del Imperio, cosa que no lograron su predecesor (Felipe IV perdió Portugal) y sucesor. Los Consejeros y las estructuras de estado del Imperio Español lograron imponerse a la incapacidad del máximo exponente de las consecuencias de la endogamia.